Día del Niño. un cuento infantil (o algo así)
basado en "recuerdo" [leer al final]
¡Por fin! Era 30 de abril, Día del Niño, el día más
genial de todos. Juegos, regalos, cine, pizza, espiro-papas, algodón de azúcar,
los increíbles juegos mecánicos de feria... y lo mejor de todo: nada de clases.
Sin duda era un
día donde los niños no podían pedir más, pero Bruno y Esteban añoraba algo más:
anillos, muchos anillos de bodas.
— Yo quiero 20 —
decía Esteban— y me los pondré como piercings en las orejas y en la nariz para
verme como el de “Limp Biskit”.
A Bruno la
verdad le daba mucho asco ponerse cosas en la nariz, pero sin duda los pequeños
anillitos le intrigaban. El plan era sencillo: casarse con
suficientes niñas para tener los deseados anillos. Sería rápido porque cada
matrimonio valdría por dos anillos, el de él y el de ella. Seguro las niñas no
tendrían problema en regalar sus anillos, o eso creían.
Al fin sonó la
chicharra y se abrieron las puertas al patio, la búsqueda comenzaba. Los
niños vieron a un grupo de niñas y se acercaron sin pensarlo dos veces.
Hicieron su declaración, pero las niñas solo se rieron y los
rechazaron.
Ellos no se
desanimaron tan fácilmente, y siguieron buscando grupos de chicas. Pero siempre
pasaba lo mismo. Todas los rechazaban.
— Algo no
estamos haciendo bien, dijo Esteban.
En eso, vieron a una niña solitaria en medio del
patio. Perfecto, una niña sin sus amiguitas, ¡ella no podría negarse!
Bruno y Estaban
se acercaron a ella e hicieron su propuesta. La niña aceptó. ¡Genial! Pero
había un problema, ella sólo quería casarse con uno de ellos, Bruno. Sonrojado
asentó con la cabeza y fueron los tres (aunque Estaban un poco molesto) al
Registro Civil.
La maestra le
puso a la niña su velo mientras le daba un sombrero de copa a Bruno. Llegaron
al altar y Bruno vio unos papeles en el escritorio. ¿¿¿Contratos???, pensó
tragándose saliva.
La maestra leyó
el documento y Bruno escuchó atentamente:
"Bruno debe prometer acompañar a su esposa, hasta
que la hora de la salida los separe."
¿¿Todo el día??, pensó Bruno, cuanto
compromiso. La niña sin meditarlo ni un segundo firmó los papeles. Bruno
sólo sentía un frío sudor en su frente.
¡Ya está
firmando! ¿Qué hago? Ni modo que me eche para atrás. Lentamente las maestras
sonrientes le acercaron los papeles y la pluma a Bruno. Tomó la pluma, y
aguantando la respiración firmó. Las maestras les entregaron los anhelados
anillos dorados a los niños. No estaban tan geniales cómo Bruno se los
imaginaba, pero estaba contento de tener al menos uno en sus manos. Bruno
le puso el anillo a la niña y la niña a él pero sin dejar de mirar el
suelo.
"¡Los
declaramos marido y mujer!"
Las maestras aplaudieron y tiraron serpentinas. Bruno
era oficialmente un hombre casado, ¡adiós libertad!
—¡Súper, amigo!—
le dijo Esteban — ahora pídele su anillo a la niña y casémonos otra vez, qué yo
también quiero mis anillos.
—No puedo— dijo
Bruno apenado — firmé un contrato.
Esteban lo miró
confundido.
— ¿Qué? ¡Pero
ese no era el plan!
— Lo sé, lo
siento, pero no puedo seguir con el plan.
— ¡¡¡Bah!!! Ahí
nos vemos entonces.
Bruno suspiró y volteó a ver a la niña, que ya estaba
en otro puesto pidiendo pizza. Corriendo Bruno fue hacia ella y se paró a
su lado sin decir nada. Ella lo miró sin prestarle mucha atención. En
qué lío me metí, pensó Bruno, mientras pedía también una rebanada de pizza. Va
a ser un día muuuuy largo.
Pero para su
sorpresa, el día no fue tan malo. Primero fueron a la estética donde la niña quiso
pintarse el cabello de rosa, verde, naranja y azul. Bruno sólo quiso se lo pintó
de azul.
Después de eso
fueron a la enfermería donde la niña quiso ponerse una banda en el ojo. Bruno
se puso una en la mano. Las heridas de juego se veían muy reales y Bruno se
preguntaba que hubiera hecho si su esposa se hubiera lastimado de verdad.
El resto del
día los recién casados sólo se dedicaron a divertirse: jugaron a las canicas,
fueron al taller de pintura, vieron caricaturas en el cine, entraron a la
iluminada discoteca (pero no bailaron) y se subieron dos veces al pequeño Barco
Pirata.
Bruno ya se
estaba convenciendo de que quizás ser esposo no era tan malo cuando sonó la
chicharra, marcando la hora de la salida. Era hora de despedirse.
— Ya me tengo
que ir ¡Feliz día del niño!
— ¡Feliz día
del niño!, dijo ella.
Y así terminó el día. Bruno fue a su salón y vio a su
amigo con un montón de anillos en las orejas y en la nariz.
—¿Qué tal tu
día?, le preguntó Estaban.
—Bien, ¿y el
tuyo?
— ¡Súper! Ya
quiero que sea Día del Niño otra vez.
El día no fue como Bruno esperaba, pero aun así se
sentía contento de haber cumplido su palabra y haber acompañado a la niña.
Desde ese día
juró siempre cumplir con sus promesas.
recuerdo:
Cuando tenía cinco años, cambié de mi pequeño kínder a una escuela mucho
más grande. Como era una niña muy tímida, y con un problema de distracción que
hacía que no supiera que estaba pasando la mitad del tiempo, me costó mucho
trabajo hacer amigas. De tal manera cumplí seis años, iba en primero de
primaria y yo seguía pasando los recreos sola.
El 30 de abril la escuela organizó, como todos los
años, una quermés por el Día del Niño. Estaba yo sola como siempre, cuando dos
niños de segundo se acercaron a mi, uno rubio con lentes y el otro de cabello
oscuro y ojos nobles. Me dijeron que estaban buscando niñas con quien casarse
porque querían coleccionar anillitos de boda. Yo, como a mis seis años al
parecer tenía más criterio amoroso del que tengo hoy en día, les dije que sí me
quería casar, pero sólo con uno de ellos, el de cabello oscuro que era el que
más me gustaba. Le llamaban Dani. Y así fuimos los tres al registro civil de la
quermés, un puestecillo adornado con corazones y palomas blancas de papel.
En la ceremonia me pusieron un pequeño velo y a él un
sombrero de copa, firmamos unos papeles y nos dieron finalmente los tan
añorados anillitos de plástico. Después de eso yo esperaba que Dani se fuera
con su amigo, pero no, él no se separó de mí. Yo no entendía mucho, pero quería
hacer todas las actividades de la quermés. Así que, sin realmente acordar nada,
fuimos de un lugar a otro. Lo curioso es que, cómo yo todavía era una niña muy
tímida, realmente no crucé muchas palabras con Dani. Así, en un incómodo pero a
la vez tierno silencio fuimos a hacer pinturitas, a la enfermería y estética de
juego, al cinecito, a la discoteca, a comer pizza y a un pequeño juego mecánico
de feria (ese me gustó bastante así que nos subimos dos veces).
En algún momento del día nos encontramos a su amigo
rubio con un montón de anillitos, algunos colocados como si fueran argollas en
las orejas y en la nariz. Finalmente sonó la chicharra de la salida y con ello
terminó nuestro matrimonio. Sin decirnos nada en particular nos separamos y
cada uno fue a sus respectivos salones por sus mochilas.
Extrañamente no volví a ver a Dani hasta dos o tres
años después, un día normal de escuela. Era el final del recreo y yo, aunque ya
tuviera amigas, no recuerdo porque en ese momento me encontraba sola. Estaba
semivacío el patio cuando me encontré a mi “exesposo”, ahora un chico bastante
alto. Nos reconocimos y cómo siempre él fue el primero en dirigir la palabra.
— Tú eres June, ¿verdad?
— Sí, ¿y tú Dani verdad?
— ¡Sí!
Sin decirnos mucho más, se despidió de mi con una sonrisa y se dirigió a
su salón. Yo también recuerdo sonreír y sonrojarme.
Esa fue la última vez que nos vimos.
Comments
Post a Comment